El partido del último fin de semana entre Boca y River dejó mucha tela para cortar. La estrictamente futbolística se comentó en las páginas de nuestro suplemento LG Deportiva y se lo sigue haciendo hasta hoy. Sin embargo, el duelo tuvo otras aristas que obligan a un análisis que trasciende la disciplina. Los 15 casos de covid-19 en River no sólo desmantelaron al equipo “millonario”, sino que reabrieron el debate sobre si el fútbol debe seguir jugándose o no en el país.
Claramente, no se trató de una casualidad. El país atraviesa su segundo pico de contagios en un casi año y medio de pandemia. Los contagios por día rozan la cifra de 40.000 y hay récords de muertes en varias provincias cada día y en ocupación de camas de terapia intensiva por el virus.
De ninguna manera es una casualidad entonces lo que pasó en Núñez. Si alguien tenía dudas, los seis contagios que se sumaron antes del partido por Copa Libertadores las despejaron. Evidentemente los cuidados que tomó el plantel fueron deficientes y hubo negligencias. Las mismas que podemos vivir a diario en todos los ámbitos de nuestras vidas.
El fútbol jamás fue una isla de lo que sucede en nuestra sociedad. Que haya sucedido en uno de los equipos más importantes del país, y antes del partido más trascendental de nuestro fútbol, simplemente le da mayor trascendencia y publicidad.
No es el primer brote de covid-19 de esta magnitud en la Primera. Clubes como Patronato, Sarmiento y Defensa (antes de venir a jugar con Atlético) sufrieron una cantidad de casos similares y hasta superior. Incluso llegó a lamentar víctimas: en marzo, Miguel Ángel Hollmann, presidente en ejercicio de Patronato, falleció a causa de la enfermedad que nos tiene en vilo. El tratamiento sobre el tema jamás fue similar al que se le da ahora.
Como sucede muchísimas veces con los jugadores que compra, River, una vidriera de las más importantes del país, puso en la mesa la discusión, cuando en realidad ya debería haberse dado y hace mucho tiempo: ¿debe pararse el fútbol? Daría la sensación de que sí, pero como así también da la sensación de que a esta altura la idea es jugar como sea. La prueba está en que River salió a la cancha con un equipo disminuido en su partido ante Independiente Santa Fe. Ni siquiera tuvo suplentes. El partido anterior en ese torneo, los reclamos sociales y la represión de la policía en Colombia, a las afueras del estadio, tampoco lograron suspender el juego.
La postura se mantendrá, no hay indicios de que cambie. Mucho más teniendo en cuenta que en el calendario deportivo lo que se viene es la Copa América. “Ya la suspendieron una vez, dos veces no”, parece ser la idea de los dirigentes sobre el torneo que tenía fecha para junio de 2020. Justamente debe realizarse en Argentina y Colombia, dos de los países más golpeados por la covid-19 y el caos social, en el caso de Colombia. ¿Qué terminará pasando? Probablemente la Conmebol ordenará que se juegue.
Hay cosas que el coronavirus nos está enseñando en numerosos campos acerca del comportamiento humano. En casos en los que el deporte asoma como un vehículo para mantener el negocio, la dirigencia debería hacerla una profunda autocrítica. Exponer la salud sólo por mantener un entretenimiento que produce millones, ya no sólo es algo insólito, sino también una afrenta a quienes sufren o luchan por la vida.